Lenin y el oro en el comunismo

Es difícil encontrar gente que odie más el oro que los comunistas.

¿Por qué ocurre esto?

Este odio del comunismo por el oro viene de las mismas raíces ideológicas y espirituales del primero. Es como si los defensores de la ideología intuyeran que el oro es realmente diferente, que el mismo fue de algún modo creado así por un Dios que quería que se viera la diversidad de su obra. Como ya deberíamos saber el comunismo más profundo defiende justo lo contrario: que el mundo ha de ser un paraíso igualitario, y por lo tanto no hay cabida para metales díscolos como el oro, reliquias de aquellas épocas donde la propiedad privada era prevalente. Una vez el Estado comunista sea implantado en la humanidad no hará falta oro para nada, pues los hombres bolcheviques ya habrían abandonado su deseo por poseer ese vil metal, o ningún otro parecido.

En contrapartida, el hombre comunista perfecto solo aceptaría una divisa común para todos los mortales, pero jamás una divisa que un hombre pudiera acumular sin que el Estado pudiera controlarla.

Este último punto, aunque no lo parezca es el esencial para explicar la naturaleza fundamental del oro y su oposición radical al comunismo.

El ideal comunista llevado a sus últimas consecuencias es aquel en el que la autoridad central controla la totalidad de los movimientos de la sociedad.

Si el oro sigue siendo la moneda principal de una sociedad el Estado de la misma no podría controlar qué se hace con el mismo. Si se intercambia por otro bien o no.

Por lo tanto, el ideal monetario comunista ha de ser el de una divisa digital perfecta y totalmente controlable, de tal modo que mediante una red digital de intercambios el Estado pueda vigilar todas las transacciones sin falta. Es más, dicha divisa estaría también a merced de los economistas del Estado que podrían aumentar su emisión o disminuirla según las necesidades del primero. Ese sería el dinero ideal de cualquier dinero de sistema socialista perfecto. El oro es totalmente opuesto a esto evidentemente, de ahí el odio del comunista por el mismo; odio que de puertas para dentro se convierte en alabanza porque muchos de estos comunistas no dudarían en atesorar oro sabiendo que una cosa es la teoría y otra la práctica.

Lenin y su opinión sobre la utilidad del oro

El ejemplo más claro de la hipocresía y el doble-pensar en cuanto al oro y los intelectuales del comunismo vino con una frase bastante conocida de Lenin.

Según Lenin no había material mejor para construir baños públicos que el oro. Según el líder comunista después de la victoria de esta ideología el “oro capitalista” sería dispuesto de esta manera.

En una cosa estaba cierto: el oro podría ser un elemento espectacular para construir unos baños perfectos y casi indestructibles al tiempo.

Sin embargo, esas palabras no demuestran sino lo hipócritas y equivocados que están los defensores de una ideología psicópata como el comunismo.

El comunismo venció en la Unión Soviética y en casi medio mundo.

¿Qué hizo Lenin? ¿Hizo los baños públicos de oro?

No.

¿Por qué?

Porque Lenin era un mentiroso.

Si no fuera un mentiroso hubiera hecho los baños de Moscú y toda ciudad soviética de oro, pero sabía perfectamente que hubieran tardado más en construir esos baños que el tiempo en el que el oro hubiera sido desmontado de los mismos por los ciudadanos soviéticos.

Es decir, Lenin dijo que haría una cosa y no la hizo, y no porque no pudiera, pues su poder sobre el Estado era absoluto, sino porque sabía que era totalmente inútil intentarlo. Tanto él, como sus “súbditos” soviéticos, sabían perfectamente la verdadera utilidad del oro: ser el elemento natural mejor dotado para la función monetaria, tanto para intercambiar como para atesorar y acumular capital. El resto de funcionalidades que pueda tener el oro, como por ejemplo ser usado para construir baños públicos, son posibles, sí, pero extremadamente marginales. Es más, el intentar hacer algo así solo podría funcionar en un baño privado, que tendría que ser muy privado por el hecho de que si no lo fuera, dicho oro no duraría mucho como mobiliario.

Cuando se construye la utopía igualitaria, aquellas cosas con más utilidad o que son más “valiosas”, tales como el oro, son las primeras que desaparecen o tienden a desaparecer de la calle.

Ejemplos los tenemos en los bienes más básicos como la leche, la mantequilla o la carne, pues a pesar de que son básicos, no dejan de ser bienes con mucho valor nutricional y las masas, de manera consciente o inconsciente lo saben. Como lo saben bien, esos son los primeros bienes que empiezan a desaparecer de las “estanterías” como por arte de magia. Lo que es más, en un estado totalitario de ese tipo, mucha de la leche ni siquiera llega a las estanterías porque ya desaparece por el camino, de manera extraña va a parar a las casas de aquellos encargados de custodiarla y transportarla. Ello sin importar el lavado de cerebro descomunal de la propaganda de Estado diciendo que esas grasas saturadas son muy malas. Mucha gente, a pesar de tanto “lavado” es capaz de entender de manera intuitiva que dichas comidas son más beneficiosas que otra cosa, y proceden a “retirarlas” del mercado.

Otras “comidas”, como aceites vegetales y basuras similares varias, suelen aguantar mucho más tiempo en las estanterías; por una simple razón: la gente sabe, aunque sea de manera inconsciente que dichas cosas son una porquería nutricional.

Con el oro es lo mismo.

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